Una web no envejece de golpe: va perdiendo clientes poco a poco, sin que te enteres. Estas son las señales de que ha llegado el momento, y cómo rehacerla sin tirar por la borda lo que ya funciona.
Casi ninguna web se estropea de un día para otro; se queda atrás despacio, hasta que un día deja de traer clientes como antes. Estas son siete señales concretas de que toca rehacerla, contadas sin alarmismo y con lo que hay que mirar en cada caso.
El primer momento lo es casi todo: si tu web tarda, la gente se marcha antes de ver nada. Y en el móvil, con datos y una cobertura regular, ese retraso se multiplica. No es una impresión, está medido, y los números asustan un poco.
de usuarios perdía la BBC por cada segundo de más que tardaba en cargar su web. La lentitud no avisa: la gente simplemente se va. Fuente: web.dev (Google)
es el tope que Google considera «bueno» para que aparezca el contenido principal (la métrica LCP), medido en el 75% de las visitas. Si pasas de ahí en el móvil, vas tarde. Fuente: web.dev (Google)
subió la conversión de la tienda Rakuten 24 al mejorar su velocidad con los Core Web Vitals (un 33,13% exacto). Ir rápido se paga solo. Fuente: web.dev (Google)
Si te preocupa este punto, lo desmenuzamos entero en el primer segundo: qué pasa en la cabeza de quien entra y por qué ese arranque decide si se queda o se va.
Abre tu web en el teléfono ahora mismo y sé honesto. ¿Tienes que hacer zoom para leer? ¿Los botones se pisan unos con otros? ¿Hay que mover la pantalla de lado para ver el contenido entero? Si algo de eso te suena, estás perdiendo a la mayoría de tus visitas, porque la mayoría entra desde el móvil. Y hay un agravante: Google mira la versión móvil de tu web para decidir tu posición en las búsquedas. Una página que solo se ve bien en el ordenador juega con desventaja doble, delante del cliente y delante del buscador.
Haz la prueba en una ventana de incógnito: busca tu servicio y tu ciudad, tal cual lo escribiría un cliente. Si no sales en la primera página, tu web no está haciendo su trabajo principal, que es que te encuentren quienes ya te andan buscando. Las webs antiguas suelen fallar en lo básico: cargan lento, no se ven bien en el móvil y no tienen los textos ni la estructura que Google necesita para entender de qué va tu negocio. Aquí conviene un aviso, porque un rediseño mal hecho puede empeorar esto en vez de arreglarlo. Lo vemos al final, que es importante.
La gente se hace una idea de ti en el primer vistazo, antes de leer una sola línea. Si el diseño parece de hace diez años, muchos darán por hecho que el negocio se quedó ahí también, aunque no tenga nada que ver con la realidad. Colores apagados, fotos pixeladas o de banco de imágenes, tipografías que ya no usa nadie y logos estirados: todo eso resta confianza justo en el momento en que más te la juegas. Y la confianza es lo que hace que alguien coja el teléfono en lugar de cerrar la pestaña e irse con el de al lado. Repasamos esto a fondo en los errores que hacen que una web no venda.
Una web tiene que poner facilísimo el salto de mirar a contactar. Revisa lo evidente: ¿el teléfono se puede tocar para llamar desde el móvil? ¿Hay un WhatsApp a mano? ¿El formulario funciona de verdad y el correo llega a tu bandeja? ¿Se ve cómo contactar sin tener que ponerse a buscar? Cada clic de más y cada duda es gente que se cae por el camino. Muchos negocios pierden clientes por lo difícil que ponen algo tan simple como escribir, cuando la persona ya estaba medio convencida. Ese es el peor sitio para perder a alguien.
Dos fallos que no se ven pero cuestan dinero cada mes. El primero es no medir: si tu web no tiene analítica instalada, vas a ciegas. No sabes cuánta gente entra, desde dónde llega ni en qué punto se marcha, así que cualquier mejora es a ojo. El segundo es seguir sin candado. Si al abrir tu web el navegador avisa de «sitio no seguro» o falta el candado en la barra de direcciones, estás sirviendo la página por una conexión sin cifrar (sin HTTPS). El navegador ahuyenta a la gente con el aviso y Google lo tiene en cuenta para posicionar. El certificado que lo arregla es gratuito y se instala en una tarde, así que no hay excusa razonable para no tenerlo. Si no sabes cómo está tu web en ninguno de estos puntos, una radiografía te lo dice en concreto y sin rodeos.
Aquí está el error que más caro se paga en un rediseño: rehacer la web y, sin querer, borrar el posicionamiento que tanto costó levantar. Cuando cambias el diseño, casi siempre cambian también las direcciones de las páginas (las URL). Si las antiguas dejan de existir sin más, Google se topa con enlaces rotos, pierdes las posiciones que tenías y caes en las búsquedas justo después de haber invertido en mejorar. Es el peor de los mundos.
La forma correcta de evitarlo tiene nombre técnico: redirecciones 301. Es una instrucción que le dice al navegador y a Google «esta página se ha mudado aquí de forma permanente», y traslada a la nueva dirección tanto a las visitas como al valor que esa página había acumulado en el buscador. Bien hecho, un rediseño conserva lo que ya funcionaba y arregla solo lo que estaba roto. Por eso, antes de tocar nada, se hace inventario de las páginas que hoy traen visitas, se mapea cada una a su destino nuevo y se dejan las redirecciones puestas el mismo día del cambio. Es trabajo silencioso que el cliente no ve, pero marca la diferencia entre subir y desaparecer del mapa. Puedes ver resultados medidos de webs rehechas con este cuidado, y así es como enfocamos cada rediseño web: primero no perder, luego mejorar.
Cuéntanos cómo está tu web hoy y te decimos con franqueza si le toca un rediseño entero o solo un repaso, y por dónde empezaríamos.
Cuéntanos tu caso ↗Nos dices qué quieres conseguir y te decimos por dónde empezar, sin compromiso.